Historias de vida

Juan Diego
Historias de vida

Los forcejeos que Juan le ha ganado a la vida

Por: Gabriel Jaime Bustamante


Juan forjó su carácter y su cuerpo atlético y magro en el yunque callejero. A los cinco o seis años, recuerda, va al lomo de una carreta, halada por su padrastro, con tres niños más y su mamá recorriendo las empinadas calles de El Salvador, La Milagrosa, Enciso y Boston. Escudriña en los rincones de su memoria y se ve junto a sus padres, con ojo escrutador, revisando cada bolsa, cada caja que encuentran a su paso. No va a la escuela, eso es un asunto que hoy, a sus veinticuatro años, todavía está resolviendo. El rebusque a veces, muchas veces, no les da espacio a las oportunidades.

Por los días en que remolcaba la carreta por los enmarañados barrios del centro oriente de la ciudad, finales de los años noventa, les tocó evaporarse del barrio Caicedo, donde vivía con otros diez hermanos, su papá y su mamá. La guerra que libraban paramilitares, milicias y bandas delincuenciales, no daba ninguna seguridad para el trajín callejero.

Con su hablar pausado, que la mayoría de las veces no concuerda con las urgencias de su cuerpo, y con su costumbre de partir las palabras en sílabas dice:

De allá nos desplazaron y nos fuimos a vivir a Santa Marta. Todos nos fuimos pa por allá. Y ya por allá nos recibió una tía, que ya está viviendo por los lados de Itagüí, porque también sufrieron de la violencia por allá. Por la guerrilla.

De Santa Marta nos vinimos como en el año dos mil uno. Mi mamá se vino con los más pequeñitos que tenía, y los otros nos quedamos por allá. Y al tiempo nos vinimos. Ya nosotros como a la edad de 8 o 9 años empezamos a andar solos.

En su cara, en su cuerpo y en su voz se le ve y se le siente el trajín que ha vivido desde niño, sobre todo después de su regreso de Santa Marta, cuando decidió que la calle era lo suyo, que vivir con su familia bajo el mismo techo era casi imposible, y sobre todo cuando descubrió que las normas lo asfixiaba, lo amarraban como a un caballo brioso.

Tenía trece años cuando decidió pasar los días con sus noches, deambulando por las calles de la ciudad, durmiendo en cualquier esquina y comiendo cualquier cosa. No preveía que empezaba a meterse por un agujero insondable.

Yo no pensaba nada en ese momento. Yo simplemente vivía el día a día, andar pa´rriba y pa´bajo con un costal, recogía unos tarros o cualquier reciclaje que veía por ahí, y ese era el diario. Trabajaba y lo que me ganaba empecé a echasela a las máquinas. Empecé a meter baretica, alcohol y nada más.

El poder enviciador del “bazuco electrónico” empezó a ganarle la partida. Poco a poco una pasión desenfrenada por el juego en las máquinas tragamonedas fue abrazando, tal vez, la vida solitaria e infeliz de Juan. Jugaba hasta el último peso que con dificultad conseguía esculcando los basureros de algunas calles de la ciudad. Poco comía.

Fue muy duro estar en la calle, susurra Juan, como si estuviera hablando para sí mismo; como si recordara cosas, en voz alta, que no quiere compartir.

Sandra Milena, mamá de tres hijos y tres años mayor, llegó como un haz de luz a la vida sombría de Juan. Cuatro meses duró el coqueteo, hasta que Sandra, le propuso que vivieran juntos. Juan, enmarañado como estaba, aceptó, tal vez por cariño o apego, o quizás por afinidad o pasión. Tenía quince años.  A pesar de que siguió por un tiempo más, preso del “bazuco electrónico”, en los tres años que convivieron logró zafarse, hasta el día de hoy, de esas cadenas invisibles que son los vicios.

La recuerda con cariño y agradecimiento, no solo porque le alumbró el camino cuando estaba sumido en las tinieblas, sino porque lo cautivó para que estudiaran juntos la primaria. Estuve con Sandra hasta que saqué la cédula, y ahí ya nos independizamos, dice Juan, como si hubiese estado esperando cumplir su mayoría de edad, para alzar vuelo.

A veces las ideas de Juan no siguen un curso común, pasa de un tema a otro, con una facilidad delirante. Otras veces, los eventos que ha vivido son inconexos, imprecisos como la memoria misma.

Juan Diego

Por el extremo norte de la circunvalar, de la Universidad de Antioquia, aparece como un bólido, enfundado en una camisa verde manga larga, gorra del mismo color, pantalón negro y zapatos rojos.  Arrastra una carretilla azul celeste, llena de bolsas verdes, en las que ha recogido los desechos de las oficinas y de las canecas que se encuentran dispersas por toda la ciudad universitaria. Papel, cartón, botellas de vidrio, restos de comida y latas de cerveza, muchas latas de cerveza, entre muchas otras cosas, son desempacadas y separadas, junto a su compañero John Alexander, en un pequeño centro de acopio de unos 30 o 40 metros cuadrados, invadido por un olor acre producto de los lixiviados, pues las más de las veces estudiantes y profesores hacen caso omiso de las canecas dispuestas para hacer una selección y un almacenamiento adecuado, que permita un manejo y un aprovechamiento de los diferentes residuos sólidos que se generan a diario. Aún nos falta mucha responsabilidad con la humanidad y con el planeta

Juan hace parte de la cooperativa Recimed, desde hace un poco más de dos años. Se asoció después de trajinar las calles de la ciudad, reciclando por varios años, sin resguardo de nadie y hoy hace parte de una alianza entre Recimed y la Universidad de Antioquia, uno de los más de cien convenios que tiene la cooperativa con entidades privadas y públicas (hospitales, almacenes de cadena, universidades, unidades residenciales, parques recreativos) de la ciudad de Medellín y el área metropolitana.

Los viernes en la tarde, o los sábados en la mañana, con su compañero de oficio, Jhon Alexander Arias, cargan en un pequeño camión la mercancía separada durante la semana y la llevan a uno de los centros de acopio de la cooperativa ubicado en la calle 58 #51D – 26, al lado de la estación Prado del Metro, un sector invadido de talleres, depósitos y vidrierías, donde el desorden es la norma.

Mientras espera, desespera. Otros recicladores han llegado primero que él a la zona de báscula, esa que arrojará el dato de cuánto dinero meterá en su bolsillo.  Mientras aguarda su turno, aprovecha para lanzar pullas sobre el desorden, sobre los operarios de la bodega, sobre cualquier cosa que moleste a los otros. Cuando recibe su dinero, guarda su aguijón y se va tranquilo.

Yo siempre he sido muy groserito, dice como si estuviera en un momento de contrición, por el sentido de que a mí me gusta que me atiendan bien, sin tantas demoras, entonces me da es como geniecito, y agrega, pero allá en Recimed, me han enseñado muchas cosas gracias a Dios, como mejorar el comportamiento, tener paciencia. Para eso me ha servido mucho la escuelita.

Sus rabietas, pasajeras, no impiden que vea las ventajas que tiene ser asociado de la cooperativa; que tiene estudiar en “La Escuelita”, una propuesta de educación no formal que le apuesta al desarrollo humano.

Enfundado en una camiseta verde, que le hace publicidad a la empresa italiana Fila, en unos bluejeans con desteñidos a propósito y en unos zapatos tenis negros y recién motilado, para la ocasión, exhibe junto a otros veintidós compañeros de La Escuelita, su certificado por haber participado en el proceso de alfabetización para adultos que durante el año 2018 apoyaron entidades como la  Fundación Sofía Pérez de Soto y la Fundación Bien Humano, entre otras.

Juan Diego

Me encanta la cooperativa, reitera mientras deja entrever una sonrisa modesta, trae muchos beneficios, mucho aprendizaje. La cooperativa trae mucha cuestión buena, concluye al cabo de nuestra conversación.

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