Historias de vida

Ana Joquina, recicladora, recimed, reciclaje

Por: Gabriel Jaime Bustamante


Ana tiene ojos brillantes, aretes en forma de aro que casi tocan sus hombros y dieciséis anillos distribuidos en los diez dedos de sus manos callosas. Un reloj y más de una docena de manillas metálicas, con cuentas, de caucho y de hilo cubren ambas muñecas. Tiene un gusto por la cerveza que en ocasiones, ha tenido que esconder y tuvo tres hijos de los cuales solo le queda uno.

La rudeza de su trabajo no le ha hecho perder su feminidad, su delicadeza. La elegancia es su sello personal, una marca que la distingue. Su estilo no pasa desapercibido en aquel mundo, mayoritariamente masculino. Cada tarde, después de conjugar durante todo el día los verbos recolectar, seleccionar, recuperar y reutilizar, pasa por un pequeño cuarto de baño, se despoja de su atuendo de trabajo y sale irreconocible. Sabe muy bien cuales son los colores y el tipo de prendas que la favorecen. Parece como si se hubiera equivocado de oficio y lo suyo fuera el diseño de modas.

Nació en Ituango, un pueblo ubicado al norte del departamento de Antioquia el mismo que hace parte, según el Grupo de Memoria Histórica, de los doscientos municipios del país que con mayor rigor han sentido la violencia del conflicto armado, conflicto que algunos se empeñan en desconocer.

Llegó al barrio Villatina en Medellín, también atravesado por la violencia, en el año 1977, dos años después de nacida. De esa barriada, ubicada en la comuna Centro Oriental de la ciudad, recuerda la tarde de un domingo soleado del año 1987 cuando un alud de tierra del cerro Pan de Azúcar, sepultó a más de 500 mortales, destruyó unas 100 viviendas y dejó damnificadas cerca de 2.400 personas. Vio desde lejos, siendo más mayorcita, como un incendio se consumió todo un barrio, devoró sueños y casas, sin ninguna consideración. Allí mismo asistió al asesinato de “Capitán”, uno de sus ocho hermanos, en diciembre de 1991, un año antes de que la policía masacrara 9 niños del grupo juvenil de la parroquia. En ese barrio donde le vio por primera vez la cara a la tragedia, también estudió y se enamoró, y muchas veces se fue, pero como dice el maestro Blades “todos vuelven al rincón de donde salieron”.

Mientras bebe a grandes sorbos una cerveza que estrecha con dificultad en su mano ataviada de abalorios, me sigue contando sus historias de amores enmarañados, muertes tempranas, dolores sin nombre y sus coqueteos con la pelona. Me cuenta, con su voz quebrada y sus ojos grandes llenos de lágrimas, que el 31 de diciembre, hace apenas unos días, enterró a su hijo Albeiro:

Se fue a hacer un trabajo a AltaVista -donde habían vivido hace algunos años- y al parecer pasó una barrera que no podía pasar. El caso fue que en una balacera cayó él. Tenía 25 años. Le doy gracias a Dios porque se lo llevó y no me lo dejo sufriendo. Porque el tiro le destrozó varios órganos y hubiera quedado en una cama paralítico.

Dejó una niña de tres años, me dice con voz queda mientras mira a cualquier parte y toma otro trago de cerveza. La muerte de Albeiro le revolvió en las entrañas un dolor añejo, el asesinato de su hijo mayor Wilmer de tan solo 17 años. Pero como en la canción Maestra Vida, a Ana la vida le ha quitado, pero también le ha dado, Anderson de 19 años, y el único que le queda le dio otro hermoso nieto.

Recuerda, con la tranquilidad que a veces da el paso del tiempo, pero sin olvidar las marcas de la violencia que le dejó Albeiro, el progenitor de sus tres hijos, las humillaciones y el miedo que se sumaron al dolor por la muerte de su primogénito.

Cuando a mí me mataron mi muchacho, yo no podía llorar, yo no podía reír, no podía cantar. Si lloraba, decía que me estaba matando el remordimiento; si reía, decía que estaba feliz porque me habían matado mi hijo; si cantaba, decía que estaba muy contenta. Los hijos nunca le tuvieron respeto sino miedo. Porque él para castigar a un muchacho le daba con lo encontrara, cuando no era que se encendía a los golpes con ellos, les daba en la cara. Yo igual, no le tenía respeto, sino miedo.

Haciendo frente a esa situación violenta y degradante, que cada vez la arrinconaba y la menguaba más, Ana buscaba la forma de salir del confinamiento para ir a desahogarse con su muchacho que ya moraba en el barrio de los acostados.  Le contaba los desmanes de Albeiro, y alguna vez aprovecho para celebrarle su cumpleaños.

En medio de ultrajes, golpizas y reconciliaciones, y sin haber elaborado aún el duelo por el asesinato de Wilmer, Ana quedó en embarazo. Era una niña. Nunca nació, es que como si se hubiese negado a repetir la historia de su madre.

Albeiro la seguía hostigando, la seguía disminuyendo, dice Ana mientras saborea otro trago amargo de su botella descomunal. El sentimiento de desgarro que sentía en todo su ser la fue llevando a una situación límite, y un día al darse cuenta que no encontraba la puerta para salir de aquella situación infame, decidió poner punto final a su existencia.

El dolor de la muerte de mi hijo, la falta de apoyo, las humillaciones, la violencia, el encierro al que me sometía, me llenaron la coca. Se me cerró todo el mundo. Yo decía: no lo puedo dejar, porque vuelvo y caigo en las redes de él, la única salida, la única solución de no volver con él es estar muerta. Entonces, un día, después de visitar a mi hijo en el cementerio, lo decidí. Como vivíamos mátame que yo te mataré, decidí que lo mejor era acabar con mi vida.

Otro sorbo acre baja por su garganta ataviada de gargantillas, mientras su mirada parece posarse en el pozo sin fondo de recuerdos rancios y agobiantes. Murmura cualquier cosa y continua.

Me les metía a los buses de Castilla, que bajan como volador sin palo, a los taxis y a todo lo que me encontraba y no pasó nada. Cruce esa vía grande que está frente al cementerio Universal como si hubiera estado vacía. Pero como yo ya había estudiado todo, me dirigía para el Metro, porque ese si no para, y ahí fue cuando apareció Gildardo.

Ana no había dejado ninguna nota como acostumbran los suicidas. Solo se despidió de su hijo menor, de su vecina del alma en el barrio Belén AltaVista y había llorado toda la mañana, convencida de que era su última vez, al lado de la quebrada que se había convertido en el único lugar donde encontraba calma para su alma aturdida.

Gildardo, sin saberlo, le mostró la salida de aquel laberinto miserable en que se había convertido su vida.

Atontada y vacilante Ana escuchó una voz que le decía:

-¿Qué le pasa?, ¿por qué está llorando?, ¿quiere una gaseosita?
-Yo le acepto la gaseosa, pero si le echa cianuro- le respondió.
-Hágale – le respondió Gildardo

Le hubiera gustado una cerveza, pero se acordó, por esas cosas de la memoria, que Albeiro le tenía prohibido tomar y que además no tenía el consabido ajo a la mano para sofocar el tufo que le producía la bebida espirituosa.

Conversaron hasta que los abrigó la oscuridad y esa noche Ana se fue para la casa de sus padres, en Villatina, con los sentimientos revueltos, pero con la luz tenue que deja pasar una puerta entreabierta. Al día siguiente volvió a su casa, ya no era la misma, la habitaba una claridad desconocida: no estaba dispuesta a soportar ni el más mínimo desmán ni de su marido ni de nadie más en su vida.

A los pocos días, después de mi intento de suicidio, don Albeiro me pego una maderiada, muy fea, y después se fue para el trabajo, como a las tres de la mañana, claro que arañado y vuelto una mierda porque yo también me defendí. Entonces del trabajo empezó a llamarme, que no me fuera a ir, que lo esperara pa’ que habláramos, babosadas. Entonces yo empaqué las mechitas que pude y le dije a mi hijo: papi, yo me voy. Yo prefiero que usted me visite algún día, donde yo esté viva, que no me vaya a visitar a un cementerio o a una cárcel. El niño tenía por ahí 6 años, entonces le dije que me iba a ir, que lo iba a estar llamando, que nos íbamos a estar comunicando. Le dije: yo no me lo llevo a usted porque no sé para donde voy. Cuando me instale bien, me lo llevo. Me fui para la casa de Gildardo,  yo sabía dónde era.

Cuando llegué a la puerta de la casa de Gildardo lo llame:
-Hola ¿cómo está?, ¿sigue en pie la oferta de vivir con usted
-Claro, las puertas están abiertas a la hora que usted llegue.
-Entonces ábrame que estoy afuera.

Vivieron seis años felices. Sin golpes, sin maltratos, en coexistencia pacífica, hasta que un amor furtivo se apareció en cualquier esquina, y Ana y Gildardo cogieron rumbos opuestos.

Mientras vivió con el “cirujano plástico”, Gildardo trabajaba como latonero de carros, Ana no solo volvió a creer en ella, sino que empezó de nuevo a hacer una de las cosas que más le gustaba: trabajar. En uno de los trabajos que tuvo, cuidando niños con trastornos mentales severos, conoció a Don Carlos, un veterano en el tema del reciclaje, que cada vez que la veía le decía:

-Diana –para protegerse de su primer marido, había cambiado su nombre– trabaje conmigo, yo le pago veinte mil pesos diarios y si nos va bien le doy los treinta.

Después de dudarlo por un tiempo, y tal vez por la insoportable soledad que sentía por la ausencia de Gildardo, decidió aceptar la propuesta.

Yo estaba viviendo sola, y eso me daba muy duro, me da, entonces vi la posibilidad de dejar el trabajo que tenía con los niños, que me estaba dando muy duro, y de estar más acompañada y le acepté a Don Carlos. Yo entendía un poquito del reciclaje, porque yo hice el estudio de residuos sólidos y hospitalarios, en el Sena con la esperanza de trabajar en un hospital, pero eso fue mucho antes de tomar la decisión de ser recicladora. Mi familia, y hasta yo misma, veíamos a los recicladores por encima del hombro.

Poco a poco fue descubriendo, de la mano del experimentado Don Carlos, que los materiales usados y desechados por muchos, podrían convertirse en nuevos productos o en materia prima para ser utilizados nuevamente; fue descubriendo la sensación de libertad que a veces da la calle, pero, sobre todo, reconoce Ana, descubrió y se afilió a Recimed, la cooperativa de recicladores con más asociados de la ciudad de Medellín. Hacer parte de esa sociedad, dice, no solo le ha traído innumerables ayudas, sino que le ha hecho portadora de un uniforme que, además de llevar con orgullo, le ha dado un lugar en el mundo.

Tenemos el uniforme que nos hace respetar, porque la gente confía más en uno. Uno con el uniforme demuestra que sí es de confiar. Por ejemplo, yo fui allí arriba por un reciclaje y me dijo la de oficios varios:

-Mami todo lo que hay aquí es para que se lo lleve.
-Y yo le dije: ¿Puedo arreglarlas aquí?
-Y ella me dijo: Claro es que usted ya es de confianza aquí.
Entonces el uniforme es muy importante, porque confían en nosotros e inspiramos respeto también. Hasta los recicladores que no están organizados nos respetan.

En pocos meses de estar rebujando canecas y separando materiales desaparecieron los prejuicios que Ana tenía sobre el oficio del reciclaje, y se cumplió, como una profecía, lo que le había dicho su mamá:

-Usted en ese oficio se va llenar de chécheres.

Con los escrúpulos en la basura, esos si desechados para siempre, y convencida de que, por esas cosas inexplicables de la vida, unos nacen con dinero, oportunidades y habilidades, mientras que otros llegan a este mundo sin nada de dónde agarrarse, Ana empezó a surtir su ropero, su zapatero, su cosmetiquera, cada rincón de su casa, con lo que iba encontrando a su paso y que la sociedad de mercado había marcado como obsoleto. Eso sí, con el ojo de un buen tirador.

Lo que hace que yo estoy trabajando en el reciclaje yo no he tenido que comprar casi nada. Me gasto la plata es en comida y en el arriendo. Y eso porque mi marido y yo hicimos un convenio: él paga el arriendo y yo compro la comida. Él trabaja en transformadores, pero no tiene un cargo más grande porque nunca estudió. El día que nos vamos a tomar una cervecita él paga una ronda y yo la otra. A mi marido lo he estado vistiendo con ropa de allá del convenio al igual que a mi familia.

La segunda cerveza de 750 mililitros queda sin una gota y Ana, con una sonrisa como de labor cumplida, me insinúa que se debe ir, es “viernes cultural” y unos amigos la esperan.

Como si fuera un ritual, se dirige a las oficinas donde funciona la cooperativa, cruza la estrecha puerta del cuarto de baño, se despoja del uniforme, se acicala y se enfunda, como casi todos los días, en un vestido que le permita exhibir sus piernas torneadas, pero ante todo que la hagan sentir elegante y hermosa. Lo logra.

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