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El imposible trabajo de las máquinas

Por G. Leonardo Gómez Marín (1)

Cosechadores urbanos

En un contexto globalizante, cada vez más dependiente de circuitos y pantallas, hasta la forma de nombrar la capacidad de las personas para hacer algo ha ido cambiando. Muchos de los oficios que la generación de nuestros padres y abuelos conocieron hoy no existen, en menos de diez años desaparecerán por completo o mutarán a otras formas de hacer las cosas.

Pero la naturaleza es terca y en toda esta transición, que algunos llaman “involución”, resulta paradójico que un oficio tan menospreciado como el de el reciclaje persistan muchas de las condiciones que determinaron el surgimiento de esa gran masa de “cosechadores urbanos” que en Colombia ronda las 50.000 personas. En ¿Quién quiere ser reciclador? y Algo huele mal los autores se preguntan ¿qué lleva a una persona, sin distinción de edad, raza o condición social, a encontrar en la “basura” una fuente de subsistencia? Entre las respuestas más comunes se barajan el hambre, la ambición o el altruismo de la onda ambientalista; el hecho es que nadie escoge ser reciclador por la perogrullesca razón de que “es mejor ser rico que pobre” y en el coctel del reciclaje hay gotas de esto, con un tris de aquello.

Para muchos analistas es todo un fenómeno la transición que se viene dando en Colombia desde el 2016 cuando el oficio de recolectar latas, cartones y botellas empezó a hacer parte del servicio público de aseo bajo el concepto de “aprovechamiento”, con la premisa y la promesa de que era el camino más justo para tener avances reales en la adopción de acciones afirmativas ordenadas por la Corte Constitucional en favor de los recicladores de oficio del país. Cuál es el balance de ésta apuesta y qué desafíos afronta en la actualidad es un asunto que vale la pena revisar.

     

Subsistencia y formalización

Para empezar, habría que decir que las auténticas organizaciones de recicladores le han cumplido al estado colombiano en su propuesta de avanzar en un camino de formalización. Desde Ipiales hasta Riohacha hay experiencias que dan cuenta del esfuerzo colectivo por hacer un giro en la forma como se desarrolla una actividad económica, por lo demás precaria, ineficiente y que tantas veces se mueve entre las líneas borrosas de la ilegalidad, la informalidad o el absoluto desdén de la ciudadanía. Cientos de recicladores uniformados y en procesos de capacitación continua, vehículos motorizados que ayudan a optimizar la recolección por parte de las organizaciones a través de rutas selectivas, bodegas cada vez más organizadas, máquinas y equipos de pre-transformación, son muestras de los avances en dicho propósito.

Sin embargo, un 60% de los recursos destinados a fortalecer dicha actividad están llegando a otros bolsillos, hecho que revive otra de las grandes paradojas del mundo fantástico en que a veces se torna el reciclaje y es que aumentan las exigencias y requisitos para los recicladores porque deben parecerse cada vez más a una empresa de aseo, aumentan los cobros de las tarifas a los usuarios, pero los recursos destinados al fortalecimiento de la actividad y los precios de venta de los materiales, como por arte de magia, disminuyeron casi un 50% en el 2019.

En el sentir de muchos recicladores la conclusión es que hay que trabajar cada vez más duro para ganar lo mismo que se obtenía hace uno o dos años.

Las empresas de aseo, por su parte, se escandalizan porque un reciclador recibe $250.000 mensuales adicionales vía tarifa de aprovechamiento y no por el 64% que ellos reciben del valor correspondiente al incremento del costo de comercialización del servicio por cada suscriptor, insisten en la incapacidad de las organizaciones para afrontar el reto de una verdadera “economía circular” y empiezan a pintar de verde sus vehículos, con promesas mesiánicas para el caos generalizado que hoy constituye una actividad que recauda más de 8.000 millones de pesos mensuales entre los usuarios del servicio de aseo de las principales ciudades del país. Y es curioso que hace tres años ninguna Empresa de Servicios Públicos (ESP) encontraba en el reciclaje la viabilidad técnica y financiera que permitiera invertir sus prioridades, pues desde la promulgación de la Ley 142 siempre había sido más rentable “enterrar” que aprovechar, por la misma perogrullesca verdad de que “es mejor ser rico que pobre”.

Hoy las prioridades y las apuestas por el reciclaje son distintas.

También crecen, bajo el paraguas multicolor de la economía naranja, un sinnúmero de iniciativas de tipo tecnológico, con metodologías colaborativas y de mercadeo ambiental que trazan curvas ascendentes en la recuperación de envases, «tapitas» y botellas. Lo contradictorio en muchos de esos sistemas “inteligentes” e “innovadores” es que las máquinas tienen todos los algoritmos y herramientas necesarias para contar y recontar los diferentes materiales pero el trabajo de transporte, clasificación y alistamiento previo a la transformación industrial sigue siendo un trabajo manual que ejercen los recicladores de oficio a un precio cada vez más bajo porque se ven obligados a compartir su ganancia con desarrolladores tecnológicos y usuarios bajo la premisa de que en el reciclaje “hay campo para todos”. Hay algunas experiencias de trabajo en conjunto, pero se cuentan en las manos callosas de los recicladores.

Aprovechadores y aprovechados

Y como si el asunto de las ESP y las máquinas no fuera suficiente en el show de la sostenibilidad y el emprendimiento no han faltado los oportunistas que han encontrado entre las grietas de la regulación y la indolencia de los gobernantes, que ven el dedo cuando alguien señala la luna, un escenario perfecto de “basura en río revuelto” para hacer fortunas de verano con cada kilogramo de reciclaje que mañosamente se presenta a la Superintendencia de Servicios Públicos como producto de un servicio público prestado efectiva y eficientemente. Pero en la sociedad del semáforo y el asfalto se sabe muy bien de dónde viene, cuánto pagaron por él y quién realmente recogió ese kilogramo sin saber si quiera que su oficio hace parte del rimbombante concepto de “aprovechamiento”.
Tras bambalinas y con cierto distanciamiento de algunos ejercicios académicos, el fragor de cada jornada parece confirmar que el trabajo más duro y al mismo tiempo el más eficiente es el que hacen los recicladores, pese a las máquinas inteligentes y a los camiones de coloridos avisos que casi siempre concluyen en la sigla ESP.

Noticias recientes indican que procesos como el de la Ruta Reciclo, los Puntos Naranja y los sistemas soterrados implementados por Emvarias ESP ha logrado el aprovechamiento de 933 toneladas (2) de material reciclable en el transcurso de tres años, con una inversión cercana a los 1.500 millones de pesos, con visos de posible detrimento patrimonial o por lo menos de una cuestionable eficiencia en la operación de costo por kilogramo recolectado y transportado. En comparación, Ruta Verde, estrategia de la Cooperativa RECIMED para avanzar en el proceso de formalización garantizando el acceso cierto y seguro al material para sus asociados, reporta una captación de 2.456 toneladas por el mismo periodo, una inversión de 250 millones de pesos y una cobertura de aproximadamente 25.000 usuarios en los municipios de Medellín y Barbosa.

Una particularidad que tienen Ruta Verde y otras experiencias de #ReciclajeConRecicladores implementadas en Antioquia y en otros departamentos es que detrás de cada tonelada aprovechada además del aumento del ingreso promedio para el reciclador se genera inversión social en mejoramientos de vivienda, planes exequiales, jornadas de salud, becas educativas y entrega de uniformes, entre otros beneficios.

Las diferencias en la relación costo/beneficio brillan y los aspectos más destacables son el acumulado histórico en la gestión del servicio bajo el concepto de aprovechamiento (más de 40.000 toneladas aprovechadas en trece años de funcionamiento de una organización como RECIMED) y el enfoque de inclusión social que conlleva el modelo cooperativo frente al impacto de un esquema que hoy tiene en jaque el oficio de los recicladores por el proceso de desplazamiento acelerado de sus rutas tradicionales en una franca competencia desleal o de posición dominante por parte de empresas de aseo y extrañas figuras jurídicas de diferente naturaleza que posan de organizaciones de recicladores.

Ruta verde, recimed   ruta verde, barbosa, recimed

Claro que el reciclaje es uno de esos temas donde son más dicientes las escenas de la cotidianidad que los datos y las cifras: ¿Qué piensa uno cuando un reciclador de oficio que lleva toda una madrugada transitando las calles de un barrio cualquiera y cuando se aproxima a una esquina para tomar las bolsas y extraer el reciclaje del que por muchos años ha sido el destinatario natural, siente a sus espaldas el motor de un vehículo que va por la misma bolsa, que supera ampliamente la capacidad y fuerza de arrastre de su carreta y que en pocos segundos lo sobrepasa con facilidad? ¿Y cuando en cualquier otro momento los tripulantes del vehículo aprovechan el menor descuido del reciclador y alzan con costales, cajas, bolsas y “tulas” que están junto a su carreta, qué se puede pensar?

¿Conocerán los dueños o arrendadores de los flamantes vehículos que en materia de servicios públicos hay diferencias entre la “libre competencia” y la libertad regulada?

Ningún fin justifica los medios y es claro que la forma de hacer el reciclaje en las grandes y medianas urbes demanda un cambio tan necesario como el de nuestros hábitos de consumo o el de la movilidad y la alimentación, pero algo nos dicen los albores de ésta transición y es que, así como el arte es inherente a la realización humana, el oficio es el imposible trabajo de las máquinas.

Amanecerá y veremos.

(1) Fotografías: Juan Fernando Ospina y Juan Carlos Vélez.

(2) https://www.elcolombiano.com/antioquia/ruta-de-reciclaje-se-replica-en-tres-comunas-locales-OF12420259

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